Son múltiples las fuentes de inestabilidad e inquietud del joven, mencionamos algunas que pueden acercarnos a la comprensión de la complejidad de este momento de nuestra evolución como personas. En este momento enfrentamos en nuestra vida:

1.  Modificaciones corporales, que dan lugar a una nueva imagen del cuerpo y a una nueva identidad relacionada con dicha imagen.

Durante la infancia, las modificaciones progresivas debidas al crecimiento son fácilmente integradas en la imagen que el niño se hace de su propio cuerpo. Estas transformaciones se aceleran mucho durante la adolescencia y exigen una revisión radical de dicha imagen. El cuerpo ha de ser comparado con otros cuerpos y responder a determinadas concepciones sociales, necesarias para ser aceptado y sentirse sexualmente deseado, y socialmente integrado en el grupo de iguales. Algunos autores hablan de fantasma del cuerpo cuando se refieren a los miedos y sensaciones que tiene el adolescente sobre todos estos cambios, y de la sensación de falta de control que experimenta en este proceso de evolución imparable hacia la madurez.

2. Modificaciones instintivas y hormonales, que darán lugar al despertar de la sexualidad y a nuevos sentimientos, emociones y ansiedades no experimentadas hasta entonces.

3. Preponderancia del sentimiento debido a la riqueza de la vida emotiva e imaginativa, que deforma la realidad y la idealiza o construye una forma ideal de ella.

4.  La aparición de nuevos procesos cognitivosy del desarrollo del pensamiento abstracto.

La propiedad general más importante del pensamiento formal, característico de la adolescencia, concierne a la distinción entre lo real y lo posible. Al comenzar la consideración de un problema, trata de prever todas las relaciones que podrían tener validez respecto de los datos y luego intenta determinar mediante una combinación de la experimentación y el análisis lógico, cual de estas relaciones posibles tiene validez real. Concibe la realidad como una de todas las posibles cosas que los datos admiten como hipótesis, de lo que podría ser.

El adolescente ya no está preocupado por organizar y estabilizar lo que hay y le llega a través de los sentidos, sino que tiene ahora la capacidad potencial de imaginar todo lo que podría estar allí, tanto lo muy obvio como lo sutil.

5. Reorganización del mundo sentimental que adquiere un carácter apasionado

La aparición de amistades exclusivas que difícilmente resisten la separación; actitudes ambivalentes entre el deseo y el amor platónico, unidas a una fragilidad en la orientación sexual; una labilidad de carácter unida a la rebeldía y afirmación frente a la autoridad representada por los padres; rechazo de las ideas preestablecidas e inconformidad con la sociedad en la cual vive; duda y afirmación del “Yo”; narcisismo y necesidad de estimación; certeza e incertidumbre; timidez y búsqueda de la originalidad.

Todos,  ¡ son procesos de búsqueda de la identidad, que van desde la dependencia infantil hacia la autonomía afectiva y social.! El niño que se convierte en joven, necesista saber quién es y cuál es su lugar en el mundo.

Por otro lado, no se puede separar esto de su situación en la sociedad, del rol que ejerce, o cree tener. La personalidad del adolescente, es una personalidad en formación, en busca de un personaje que,

  • No quiere ser, en cuanto este personaje es una forma predeterminada, rígida y por lo tanto, reñida con una serie inmensa de posibilidades y que, no obstante,
  • Quiere ser, para dar a su vida una dirección, un lugar reconocido, una función frente a los demás y así afirmarse.

Estamos ante una fase más en nuestras vidas del “tener que ser”, de necesidad y deseo de entrar en una nueva forma de existir, pero en la que coincide también una particular dificultad para realizarla.

El adolescente que opta por la alternativa de reorganización radical, manifestará signos temporales de inadaptación en la esfera del comportamiento y en el pensamiento. Con todo, nos damos cuenta los adultos a su alrededor, de que todo va bien. Al final de la adolescencia, observamos un movimiento de integración y de adaptación. Los mecanismos de estabilización son múltiples y dependen tanto de cómo consigue reorientar la energía, como del modo de reaccionar de los padres ante esta dislocación del madurar. La admiración por los padres coexiste con el odio y el amor a ellos, esta es la fuerza del drama.

¿Cómo separarse de los padres afectivamente y reencontrarse con ellos como adultos?Aparece un nuevo sentimiento de identificación que deberá ser orientado hacia el exterior en busca de un nuevo ser que sea objeto de esa atención, afecto, amor.

En primer lugar se vuelve hacia sí mismo, hacia el “Yo”, hacia el dominio de lo interno, hacia la auto-observación de los distintos estados afectivos experimentados y de lo que sucede. Pone en duda todas las identidades de la infancia. Todo lo que ha sido a hasta ese momento ya no es, lo que se sentía ya no está. Todo ha cambiado. En su búsqueda de nuevas sentimientos de identidad y continuidad están ansiosos por encontrar ídolos e ideales durables, como guardianes de la identidad final, formada no sólo por las identidades infantiles, sino por la experiencia acrecentada de:

  • La capacidad del yo para integrar otras identidades;
  • La sexualidad;
  • Las capacidades desarrolladas a partir de las posibilidades innatas y las ocasiones presentadas por los roles sociales.

El sentimiento de identidad se acrecienta por la confianza que adquiere en sí mismo cuando percibe que la imagen que se ha formado de sí mismo/a es la misma que la que tienen de él o ella el entorno.

Por otro lado, también el desarrollo cognitivo esta condicionado por factores emocionales, la “ley de la apetencia”. En nuestra sociedad es palpable la cantidad de información manejada por los adolescentes, a menudo mal dirigida o muy orientada.

El rol del mediador en la formación de los jóvenes es facilitar y estimular el desarrollo de todos estos procesos cognitivos, haciendo que entren en juego, de forma que llegue a través de sus recursos a la madurez afectiva y a elegir sus posturas intelectuales, políticas, religiosas, éticas, y morales.

El adulto, como diría Fernando Savater, tiene que ser necesariamente molesto para el adolescente, en cuanto exige reflexión y cuestionamiento de las respuestas dadas a los problemas; exige un “darse cuenta” y explorar más opciones de las presentes en su conducta; exige responsabilidad porque cree en su capacidad de respuesta espontánea y creativa. Y todo esto es incómodo y trabajoso, presupone que el mediador resolvió su propia adolescencia y la superó, de modo que no necesita ser su “colega”, no necesita su aceptación ni su apoyo afectivo, sino que asume su rol y responsabilidad de educador en la relación con el adolescente.

Referencias bibliográficas: “Manual de Psiquiatría Infantil” J. de Ajuriaguerra. Ed. Masson. 4ª edición

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