Dalmiro Bustos

Moreno tal como lo conocí

 

Me recibí de Doctor en Medicina en 1956, dispuesto a ser pediatra. Con tal meta, me fui a hacer una residencia en Estados Unidos, donde permanecí hasta mi regreso a la Argentina en 1962. Pero mi decisión de ser pediatra terminó cuando una bebita de seis meses, murió en mis brazos. Mi sufrimiento me advirtió para no seguir en un camino que no podía recorrer por falta de distancia. Entonces mi segunda opción, la psiquiatría, paso a primer plano. Hice mi formación como Psiquiatra clínico durante cinco años en los que, aún estando en Boston, muy cerca de Beacon nunca había oído hablar del Psicodrama, ni de Moreno.

Vuelto a la Argentina, me vinculé al grupo de Alberto Fontana. En ese grupo también estaba Jaime Rojas Bermúdez, quien nos invitó a participar de una sesión de Psicodrama. Me causó gran desagrado, ya que la experiencia consistía en que cada uno mostrara como se sentía cuando defecaba, mientras los demás miraban. Pensé que jamás participaría de esa técnica, a la que accedí de manera tan negativa. Pero Roberto Reynoso me invitó a coordinar grupos de chicos, con juegos dramáticos. Aún el nombre de Moreno no aparecía en mi panorama. Mis referentes eran Melanie Klein y Bion.

En 1964, viajo a Londres al Congreso de Psicoterapia. Terminado el mismo, viajo a París, donde me dicen que hay un Congreso de Psicodrama. De muy mala gana, dada la nefasta experiencia anterior, acepto asistir a una sesión de pareja, dirigida por Moreno, con Zerka Moreno y Anne Ancelin Schutzemberger como yo auxiliares. A pesar de mis resistencias, mi nuevo contacto me dejó curioso. Moreno presentaba un modelo de relación que yo desconocía. Cercano, abierto, locuaz… Poco después comencé a cursar los seminarios de la Asociación Argentina de Psicodrama, donde, para mi asombro, en ningún momento aparecía Moreno, ni se leían sus libros. Comencé a utilizar técnicas de acción en mis grupos, sin cambiar mi postura. En 1969, se realiza el Congreso de Psicodrama en Buenos Aires y allí me toca un rol de integrante de la secretaria científica. Sin embargo fue otro el hecho que me aproximó de Moreno y de Zerka. El Ministerio de Educación quería agasajar a Moreno con un paseo por el Tigre, en el barco Presidencial. Nada detestaba más Moreno que paseos en barco. Lo cual es sorprendente si consideramos que Moreno “reinventa” su nacimiento como habiendo ocurrido en un barco, llegando al puerto de Constanza. Rojas que pidió que mediara, por mi fluido conocimiento del inglés. Zerka era la otra mediadora, de lo que años después seria uno de los periplos que recordamos riendo. Moreno no cedió, pero nació una relación con ambos que marcaría mi vida. En esa ocasión me ofrecen una beca para estudiar en Beacon durante tres meses. Esto para mí era imposible debido a mis actividades. La beca acaba siendo otorgada a Mónica Zuretti. Pero desde ese momento comienzo a viajar a Beacon, cada tres o cuatro meses.

Fue como abrir el acceso a un mundo que, a pesar de soñado, creía inexistente. Moreno no solo creó el Psicodrama, sino que propuso una postura terapéutica cercana, un encuentro vital en el que el “sharing”, sustituye a la opinión, a la distancia en la que se opera en tercera persona. Para alguien formado en la propuesta de Bion y Melanie Klein, era un cambio radical, pero mi sensación fue la de haber encontrado una manera de relacionarme que me completaba. Empecé a leer a Moreno, fascinado con las Palabras del Padre, libro que después prologué en la edición en castellano, editado por la editorial Vancú. Moreno lo escribe en forma anónima, hablando como si fuera Dios. Esto le valió el mote de delirante, lo cual es no comprender que Moreno habla de y desde un Dios que se encuentra dentro de todos y que este Dios era dirigido a otros Dioses. Sólo así se puede comprender profundamente la idea del Dios Creador, único remedio para la robotización propuesta por el pensamiento de la época. Entro en contacto con la Sociometría, rica teoría de las relaciones interpersonales, conceptos como átomo social, red sociométrica etc. No puedo comprender porque en la Argentina se estudiaba Psicodrama desconociendo la gran gama de propuestas teóricas, técnicas y filosóficas que ofrece Moreno. También escribo El test Sociométrico como una síntesis de las propuestas formuladas por Moreno.

Mi contacto con los Moreno fue creciendo con el tiempo. Zerka era una gran maestra, cálida, inteligente, sensible y con una fuerza admirable. Por la tarde, después de las sesiones, atravesábamos el parque que separaba el teatro de la casa de los Moreno. Zerka ya había informado a Moreno sobre lo ocurrido esa ida. Con solo mirarlo ya sabíamos lo que nos esperaba. Pero su pasión por la vida dominaba todos sus estados de ánimo. Era directo, sin vueltas. Recuerdo muchos momentos de mágico aprendizaje. Le encantaba la polémica, y yo aprendí que ponerle el dedo en la llaga, era la manera de extraer lo mejor de sí. Una vez, un australiano había dirigido una sesión en la que habló durante casi todo el proceso. Con una sonrisa le preguntó, irónicamente, cual era el nombre de la técnica que había usado, porque con el psicodrama no guardaba ninguna relación. La protagonista defendió a su director, diciendo que le había permitido comprender lo que le pasaba. La miró largamente y le dijo que se alegraba mucho, pero que el psicodrama no se limitaba a permitir la comprensión del conflicto, sino a encontrar aperturas hacia nuevos caminos. La palabra insight lo irritaba especialmente, decía que era como quedarse a mitad de camino.
Cuando citaba algún autor, le pedía a Zerka que le buscara en el exacto lugar de su biblioteca, el libro citado. Esta precisión la mantuvo hasta mediados de 1973. Después  de ese momento se evidenció claramente el deterioro Quedaba como detenido en mitad de una frase, como si el tiempo iniciara un paréntesis. Despertaba y continuaba la frase interrumpida. Zerka quedaba a su lado acompañando todo con su ternura y firmeza.

Los Moreno vivían en una modesta casa. No había lujos, pero sí una maravillosa colección de libros. Tampoco había un orden demasiado especial. Sin embargo nadie dudaba de sentirse bien recibido.
Cuando fui por primera vez, tuve una confusión y pensé que la sede estaba en el teatro que, por entonces, mantenían en Broadway. Llegué y me explicaron que el Instituto quedaba en Beacon, a orillas del Río Hudson. El teatro, donde se realizaban las sesiones públicas, abiertas al público, al precio de cinco dólares. Eran dirigidas por alumnos del Instituto y, los días viernes, por Zerka, quien conducía a Rosamunda, el viejo Mercedes que manejaba, adaptado para poder manejarlo a pesar de la falta de un brazo.

El teatro era un oscuro lugar, que albergaba a personas solitarias, alcoholistas, gente sin destino cierto. Pero por sobretodo, concretizaba el viejo sueno de gran sonador: acercar la terapia a quien la necesitaba, a los que no irían nunca a un consultorio. Mas adelante acompañe varias veces a Zerka los viernes. Varias de las sesiones eran difíciles de conducir, pero siempre vi. salir luz de las sombras. El teatro cerró a principios de los setenta. Ya no era posible mantenerlo abierto debido a los costos. Moreno lo sintió mucho, el joven soñador y revolucionario, también empezaba a morir.
Desde el teatro, cuando por error me dirigí en mi primera estada, fuimos con Elena, mi mujer,  en tren hacia Beacon. Nos recibieron los Moreno con afecto, Moreno besó la mano de Elena y elogió su belleza. La fama de “ladies’man”, hizo que me inquietara un poco. Años  después decía que no se podía reducir la sexualidad a la actividad meramente genital. “cuando los genitales ya no funcionan, siempre está la mano, o el pié”. Y esto fue años antes de que el Viagra levantara las barreras marcadas por el envejecimiento. Zerka padecía pacientemente ese aspecto de Moreno.  Después tomó mi mano y me dijo: “bienvenido, el gran diplomático del Psicodrama”. Claramente recordaba mi rol en el episodio del Congreso de Buenos Aires.
Raramente iba al teatro, su cuerpo ya no le permitía esos esfuerzos. Pero cuando iba, era una especie de fiesta para todos. Creo que nadie podía ver objetivamente lo que hacia como director, pero el que era dirigido por él, nunca lo olvidaría. Objetivamente (con la resalva de que no sé bien que es eso), Zerka tenía un manejo de la escena incomparable. Mucho más rico y preciso que él. Pero tenía una fascinante presencia, su manejo de su capacidad de comprensión del alma humana, excedía todos los límites. Hablaba mucho durante las dramatizaciones, enseñaba, se perdía. Pero era una experiencia plena. Supe que confiaba en mí por un episodio. En esa época, aún concurría algún paciente para internarse en Beacon. Moreno los hacía participar de las sesiones de formación. Una noche me llama a la madrugada para pedirme que viera a April, una paciente que se encontraba en una fuerte crisis de angustia. Había varios psiquiatras en el grupo, pero me pidió que me quedara con ella hasta que se calme. Miss Queenie, quien fue enfermera del Hospital y después quedó regenteando al personal, me acompañó. Le pregunté cual era la razón por la que Moreno me pedía a mí. “Confía en su capacidad de confortar y dar seguridad”-me dijo-. Después Zerka me confirmó lo que decía Queenie. Esas palabras tuvieron un alto impacto para mi autoestima. Con April use un procedimiento que tuve que inventar a la fuerza. Estaba en el último año de Medicina y hacía guardias de emergencia a domicilio.

Llaman por algo que en aquel entonces se conocía como “crisis nerviosa”. Generalmente se llevaba el maletín de primeros auxilios con elementos esenciales. Para la crisis nerviosa, se aplicaba un sedante, Luminal. Pero resulta que el chofer olvida cargar el maletín y yo me encuentro con una muchacha que estaba en estado de pánico, después de un aborto provocado. Y sin Luminal. Con mis escasos 20 años a cuestas, decido abrazarla muy fuertemente, hasta que aceptó mis brazos y se fue relajando. Sin Luminal. Comprendí que la crisis era como un grito de dolor sin respuesta y que el sentirse contenida bastaba para que recuperara el control. Lo mismo hice con April. Moreno me dijo al DIA siguiente que ahora yo estaba entendiendo la verdadera esencia del psicodrama.
Durante muchos anos continué viajando para aprender con ellos. Pero fue un aprendizaje totalmente diferente al que había hecho hasta el momento. Los contenidos eran aprendidos desde adentro, siendo protagonista o director o yo auxiliar, siempre en la intensidad de lo inesperado. Para quien estaba acostumbrado a aprender desde el asiento que albergaba al rol de pasivo receptor, esto fue una revolución total. No había orden, mas que el que grupo iba marcando. Pasábamos a la sociometría, saltando a la posición de encuentro, de allí a las técnicas. Pero todo desde el compromiso de participante activo del conocimiento. Como toda revolución la resistí. Porque cambiar era decidir la dirección de mi vida, si creía en el método de aprendizaje “desde adentro”, tenía que decidir cambiar la forma de enseñar. Hoy no se me ocurriría hacerlo de otra forma. Mis emociones aprendieron junto a mis neuronas. Crecía con psicodrama aprendiendo psicodrama.

La primera vez que dirigí en Beacon, fue cuando, en una de mis primeras semanas, un psiquiatra suizo me eligió. Subí al escenario fingiendo un gran aplomo. Y me desplomé, literalmente, al tropezar con el segundo escalón. Como es habitual en mí, me puse rojo de vergüenza. Pero sobreviví, gracias a la ayuda de Ann Hale, por entonces sustituyendo ocasionalmente a Zerka. A pesar de mi severa autocrítica, mi protagonista me siguió eligiendo como director y cuando dejamos de vernos, me escribía diciendo lo importante que había sido esa sesión para su vida.

En una ocasión, ya pasado algún tiempo de entrenamiento, yo reemplazaba a Zerka en la supervisión. La sesión transcurrió dentro de lo peor que puede ocurrir en una dramatización, ya que el ocasional director confundía agresión con intensidad. Y yo tuve que interrumpir la dramatización para impedir que la violencia dañara al protagonista. Era una actuación psicopática, que es lo más lejano al verdadero psicodrama, que se puede estar. El problema era, que le diría a Moreno para evitar su enojo excesivo. Me vio llegar, pálido. Me sentó a su lado y me dijo: Un desastre, ¿no? Llegada la hora del procesamiento, trató al director con afecto y le dijo que ya hacía más de dos años que venía para aprender psicodrama. Pero ese día concluía su presencia en el Instituto. Mas tarde me dijo que no todo el mundo puede ser psicodramatista, especialmente personas que confunden intensidad con violencia. No me quedé bien, porque yo era un compañero que eventualmente supervisaba. Pero, como siempre, aprendí una buena lección.

Pero tal vez lo más importante que me ocurrió personalmente tiene que ver con permitirme un lugar seguro durante los años de la dictadura. Eran años duros y yo militaba en el Peronismo de Base. Primero eran tareas logísticas, desde enceran el una escuelita de Magdalena, hasta albergar en casa a comparendos que eran perseguidos. El sueno maravilloso de un mundo mejor era un motor esencial para mi vida. Hasta que pusieron un arma en mi mano. Desde dentro de mí salió un no enorme, pero nuestros mitos machistas me daban la versión de un no basado en la cobardía. Fui a Beacon antes de tomar una decisión y Zerka me hizo subir a la llamada “galería de los dioses”, para que viera desde lo alto la escena donde yo empuñaba un arma. Grité desde lo mas profundo de mi alma que no era para eso que yo había nacido. ”Nunca me cupo dudas sobre el camino elegido. Esa noche, durante el procesamiento, Moreno solo me tomó la mano muy fuertemente.
Su mano me acompaño cuando en la guerra de Malvinas, mi hijo es mandado a luchar esa guerra sin sentido. Con Elena montamos un grupo de apoyo para padres de soldados, en la ciudad de La Plata. Llegamos a ser 700 padres que reivindicaban el grupo como el espacio de sanidad frente a la locura. Todas las noches compartíamos nuestras desventuras y nos sosteníamos. No tengo dudas que Moreno estaba allí.

En Diciembre del 1973, estuve pasando mis habituales tres semanas. Ya su estado era muy penoso, hablaba en alemán sin saberlo, se dormía. La noche de fin de año la pasó casi en letargo. Pese a esto levantó su copa de “champagne” (era en realidad un espumante de California), para brindar con todos. En febrero Zerka me llamó diciendo que se estaba apagando su vida. Fui a quedarme con mi querida amiga. Cuando llegué ya había muerto. En la urna que guarda sus cenizas, tiene grabado: “Quiero ser recordado como el hombre que llevó alegría a la psiquiatría”. Yo no se si será recordado por solo eso, pero la naturalidad de la postura del terapeuta, encierra uno de sus mayores legados, fuera de los estereotipos lejanos. Llevó el encuentro al lugar de ideal relacional, enseñó que compartir es la fórmula para el acercamiento humano, escapando de juicios de valor y fórmulas de poder. Peleó con mucha gente, pero siempre ofreciendo alternativas luminosas. A nadie se le ha negado tanto como a él la autoría de sus descubrimientos. Se quejaba de esto. Pero en una ocasión le dije que nadie dice la imprenta de Gutemberg, o la luz de Edison. Que era su obra la que terminaría impregnando el conocimiento de nuestros tiempos. Y que allí siempre estaría él.
Como está en las experiencias de Psicodrama en las calles, en el teatro de la espontaneidad, en las mil experiencias que surgen de sus semillas. Aunque muchos de ellos no sepan quien era J. L. Moreno. Felizmente para mi vida, yo sí lo sé.

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